Saturday, December 13, 2008

Nada que declarar



Pareciera que últimamente he perdido la disciplina de escribir y diría que he perdido hasta la inspiración. Sin embargo aquí estoy para tratar de llenar el tiempo perdido. De antemano te lo digo Tavaut: este no es un buen post así que mejor vete a leer a la Balducci!

Llegué a Madrid el lunes pasado con el propósito de realizar una investigación por cuestiones de trabajo y decidido a cambiar de aíre y renovar las ideas. Efectivamente, la investigación fue exitosa y creo que el cambio de aíre también. La primera mañana me cayó encima un aguacero que me dejó en cama por el resto de la semana. No he hecho más que aguantar frío y la verdad es que prefiero Madrid en verano cuando uno se queda pegado al asfalto por culpa de la temperatura del demonio.


Así es que he pasado la semana dividiendo mi tiempo entre la acogedora biblioteca de un Ministerio y la aún más acogedora cama de una habotación de hotel. Enfermarse cuando uno esta de viaje trabajando debería estar prohibido.

Afortunadamente no todo ha sido malo. La tía Caramelo me ha invitado a cenar todas las noches y debo declarar a su favor que ha mejorado notablemente sus habilidades culinarias o tal vez ha reducido notablemente la toma de riesgos culinarios lo que para el invitado es casi lo mismo.


Son las tres y veintiocho de la mañana y no logro dormir. Puedo constatar que mi espíritu aventurero se ha quedado en Paris porque en otros tiempos una noche de insomnio y además siendo viernes, me habría empujado sin dudarlo a tomarme las calles en busca de movimiento. Sin embargo en este momento lo único que se me antoja es un aguita de manzana a ver si por fin puedo dormir.


Madrid está llena de recuerdos felices, de años recientes y lejanos. La primera vez que vine fue en 1986. Llegamos a Barajas con mi papá y con mi hermana en escala hacia Lisboa y para matar el tiempo terminamos en el zoológico de la ciudad del cual lo único que recuerdo es un hipopótamo que abría la boca. Muchos años después volví solo con mi hermana. Les contaría encantado lo que fue ese viaje pero esa historia ya la escribí una vez así es que sería tonto intentar hacerlo de nuevo (si alguien tiene una copia de esa historia me gustaría recuperarla).


En los últimos años he vuelto a Madrid en muchas ocasiones y he llegado incluso a tener mi itinerario de "infaltables" como el chocolate y los churros de San Ginés, el paso por el Museo del Jamón (no he puesto un pie en el Prado), unos boquerones por aquí, una cervecita por allá, etc. Pero esta vez nada me sabe igual y Madrid no me ha enamorado como otras veces. Digamos que todo es culpa del aguacero y de la gripa que me dejó y esperemos tener mejor suerte en Sevilla la semana que viene.

Hasta entonces.








Monday, November 10, 2008

¿Qué he hecho para merecer esto?


A veces siento que vivo una vida prestada. Por las noches, al salir de la oficina, cuando el tráfico ya está suave y las calles están medianamente desiertas, atravieso los bulevares y no puedo evitar mirar a mi alrededor y maravillarme con la ciudad que me rodea. Para llegar a casa tengo que cruzar Paris de oeste a este, pasando por el frente de la Opera, de la Madeleine, de la Bolsa y de Republique, a no ser que esté un poco soñador y decida hacer la travesía bordeando el Sena, en cuyo caso el itinerario es Campos Eliseos, Concordia, Louvre, Bastilla. Poco importa la ruta, lo cierto es que llevo 5 años en Paris y aún emito un profundo Ohhhhhh! interior cada vez que veo la torre Eiffel. No puedo evitar sentirme privilegiado y en consecuencia, siento que tengo una vida prestada y que mucho de lo que me pasa no debería sucederme.

El sentimiento cambia cuando cruzo el umbral de mi oficina. Cuando paseo por Paris me pregunto ¿qué he hecho para merecer esto?, bajo la cabeza y hago una mueca de falsa humildad, de modestia y me siento premiado. Por el contrario, cuando llego a la oficina y veo que tengo que asumir la vida que escogí, cuando se trata de pasar 40 horas seguidas corriendo como un loco para que todo esté perfecto mientras los otros duermen, cuando en medio de la noche, en medio del silencio que recorre los pasillos, en medio de la angustia que produce la constatación de que el día solo tiene 24 horas y de que 24 horas no son suficientes para hacer todo lo que hay que hacer; en esos momentos la pregunta, aunque sigue siendo la misma ¿qué he hecho para merecer esto?, toma un aire dramático y en lugar de bajar la cabeza, levanto los ojos al cielo, extiendo los brazos con las palmas de la mano aleteando hacia el Señor, buscando una explicación al castigo y quisiera devolverle esta vida a quien quiera que sea su dueño y largarme para el tercer mundo, volverme político corrupto y vivir tranquilo. Después salgo a mi terraza a fumarme un cigarrillo, respiro profundo y recuerdo que alguien me dijo hace pocos días que siempre es en medio de un “filing” que los deseos de renunciar aparecen. Y es que en realidad hay pocas cosas que puedan compararse a un “filing”.

Para empezar quiero disculparme por el empleo del anglicismo pomposo, pero he tratado de encontrar una palabra en español que pueda ayudarme a definir un filing y he llegado a la conclusión de que no existe. Para no extenderme demasiado, el filing constituye el momento en el cual uno manda lo que tenga que mandar al tribunal arbitral. A veces uno manda solo unas cuantas páginas y tres o cuatro documentos, lo que es un “pequeño filing” y a veces manda uno 300 páginas con 240 documentos, lo que es un “filing de mierda”. Pero no se trata solo de mandar documentos. El filing es un estado de ánimo, es un paréntesis en la vida, es una preparación psicológica que puede durar semanas, es una fecha lejana en un calendario para la que no importa cuánto nos esforcemos, nunca estaremos lo suficientemente listos. Durante un filing no se es persona, no se duerme, no se come. Durante la semana de filing uno se vuelve desagradable, cuesta trabajo sonreír y cualquier contrariedad, por pequeña que sea, puede provocar un acceso de cólera devastador.

Empecé a prepararme psicológicamente con un mes de anticipación. A veces en la mitad de la noche me despertaba con la convicción de que sería imposible tener todo listo a tiempo. Perdía el sueño y llegaba temprano a la oficina dispuesto a tomar al toro por los cuernos para darme cuenta de que todo estaba bajo control. Al minuto siguiente volvía el pánico y la sensación de que todo estaba por hacer.

La semana pasada tuve mi filing de esos de 300 páginas y puedo decirles que la experiencia fue todo menos gratificante. Tuve ganas de renunciar, de mandar todo a la porra, de desaparecer, de sentarme a llorar frente a mi computador como en efecto lo hice ante el asombro de mi compañero de oficina. Afortunadamente todo lo que pasa en la oficina 713 se queda en 713 (a no ser que yo lo publique en el blog) y pude entonces maldecir a mi antojo y botar la rabia que cultivé durante las noches de insomnio en compañía de la Chica del Can que con su acento dominicano hacía que las horas pasaran más rápido (aunque debo reconocer que por momentos también habría querido botarla por una ventana y para ser sincero, habría botado hasta a mi santa madre).

Después del filing, mi amiga Penelope, me invitó a su casa a ver las elecciones presidenciales y a sumergirnos en Champaña entre amigos. Pasé otra noche en blanco, rodeado de amigos que adoro y abriendo una botella por cada estado que se iba con Obama. Esperemos que Mister Obama no nos olvide y que su gobierno sea tan inspirador como su discurso para que dentro de uno años podamos decir no solamente “yes we can” sino también “yes we did”.

Monday, October 20, 2008

Al carajo el fisco!

En este momento somos cuatro colombianos en la oficina. De los cuatro me atrevo a decir que tres tenemos fama de fascistas, ultraderechistas y poco progresistas. La explicación es muy simple: no odiamos a Uribe, no nos morimos de admiración por Ingrid Betancourt, alimentamos un odio desmesurado contra las FARC y un nivel de tolerancia bastante bajo (casi inexistente) hacia la izquierda latinoamericana. Lo primero que hay que explicar es que la izquierda latinoamericana en nada se parece a la izquierda europea.

Basta con recordar las caras de espanto de nuestros colegas cuando en marzo pasado saltábamos de la dicha al enterarnos de la muerte de Raúl Reyes. Si a esto sumamos la incapacidad que tenemos para ocultar nuestra indignación cada vez que alguien se atreve a decirnos que detrás de nuestras guerrillas se esconde un proyecto político y los esfuerzos que hacemos para disminuir los errores de nuestro gobierno, la acusación encuentra entonces todas sus justificaciones y tenemos que aceptar que ante los ojos de nuestros colegas, somos fachos.

Hoy mi compañero de oficina me miró indignado cuando le dije que estoy cansado de pagar impuestos (impuesto a la renta, impuesto de recolección de basuras, impuesto a la finca raíz, tasa de habitación, tasa audiovisual , contribución de solidaridad, etc) y que quisiera mandar al fisco a la mierda. Como era de esperarse, sacó el argumento de la solidaridad y de la redistribución de la riqueza e incluso me dijo que no escribiera nada al respecto porque podría ofender a mis lectores.

Haciendo caso omiso de su advertencia, he decidido escribir estas líneas con el propósito de aclarar que yo no estoy en contra de la redistribución de la riqueza. Simplemente estoy cansado de pagar impuestos para financiar un sistema que a mi modo de ver, no funciona: la televisión pública es una porquería, mi calle es un basurero, los médicos son malos (y ni hablar de los dentistas), los funcionarios viven en huelga, etc.

Por regla general trato de hablar solamente sobre las cosas que conozco. Cuando uno viene de una República Bananera, uno llega al primer mundo convencido de que las cosas funcionan de una manera diferente o para no ir más lejos: funcionan y punto. Basta tener que hacer cualquier papeleo en Francia para darse cuenta de que acá hay tanta o más burocracia (de hecho la palabra es una creación francesa). Los tres mandamientos del funcionario público (1. “Eso si no se va a poder”, 2. “Vuelva dentro de ocho días” y 3. “Eso se me traspapeló”) parecen dogmas intocables y de rigurosa aplicación.

La administración de justicia es otro ejemplo flagrante. Desafortunadamente el año pasado me vi obligado a poner en marcha el aparato policial y judicial francés. La historia es muy simple: los que me conocen saben que me encantan los perros. Un día decidí que quería otro (además del que ya tengo), con la idea de que dos perros podrían acompañarse y tener una existencia más llevadera mientras yo trabajaba. Tal vez víctima de un rezago ochentero, decidí que el segundo perro sería un Cocker Spaniel y me lancé a buscarlo como un loco. Después de dos meses de búsqueda di con un anuncio en el que se ofrecían para la venta unos cachorros finísimos y con más apellidos que cualquiera de las personas que conozco, salvo tal vez el marido de una tía que tiene unos buenísimos y distinguidísimos. Llamé al número del anuncio y al otro lado del teléfono una anciana se negó a mandarme fotos argumentando que la compra de un perro era un acto de amor a primera vista y que la química necesaria para escogerlo solo era posible obtenerla en vivo y en directo. Estoy de acuerdo con la vieja pero el problema es que nos separaban más de 5 horas en carro. Aún así, Guillaume y yo hicimos el viaje hasta la punta norte de Francia para conocer al perrito y efectivamente, nos enamoramos de uno que dos meses después, ingresó formalmente a la familia.

El perrito era un encanto y se la pasaba pegado a nuestros pies y nos miraba todo el tiempo con esos ojos llenos de amor y de tristeza que solo tienen los Cocker y nosotros matados con la bestia, no parábamos de consentirlo y de peinarlo y de darle amor.

El problema empezó a los pocos meses cuando algunos vecinos nos dijeron que el perrito hacía ruido cuando nosotros no estábamos. Empezamos por tomar las medidas básicas y antes de salir escondíamos las guitarras, las flautas, los tambores y cerrábamos el piano con llave. No sirvió de mucho pues el perrito descubrió entonces que podía aullar como un lobo y pasaba las horas deleitando a los vecinos con sus cantatas profanas.

Una mañana a eso de las seis, toco a la puerta un vecino enfurecido diciendo que no soportaba los aullidos y que era necesario que tomáramos las medidas pertinentes. Fuimos al veterinario y tuvimos que soportar que nos tildaran de hijos de puta por dejar a semejante encanto solito todo el día. El veterinario nos vendió un difusor de feromonas de mamá perro. Era algo semejante a un ambientador de esos que se conectan o se “enchuflan” en cualquier “enchufle” (en otra ocasión disertaré sobre el origen y uso correcto de la palabra “enchufle”) y que durante todo el día esparce feromonas perrunas por todo el apartamento para, supuestamente, calmar al animalito. Después de varios días navegando entre las feromonas de mamá perro y viendo que el perrito seguía igual de acongojado al tiempo que Guillaume y yo empezábamos a adoptar actitudes perrunas como orinarnos de la emoción cuando llegaba alguien o tomar agua del inodoro, decidimos que era el momento de abandonar las feromonas y tomar medidas drásticas. Fue así como terminamos en el consultorio de un psiquiatra perruno. La idea de la consulta era reproducir el ambiente familiar del animal en el consultorio para que el psiquiatra pudiera ver cuál era el problema que aquejaba al pobre animal. Terminamos Guillaume y yo, con los dos perros en un consultorio mientras el galeno observaba todos los movimientos de todos los presentes. Al final nos recetaron un collar antipulgas para Guillaume y prozac para el perrito.

Empezamos a drogar al perro con la esperanza de que el problema se solucionara. Durante tres semanas no recibimos quejas y una noche cualquiera, después de llegar de una comida y mientras dormíamos, el vecino energúmeno que había venido a gritar como un loco unas semanas antes, logró introducirse en nuestro apartamento. Primero oi un ruido y unos segundos más tarde tenía yo al tipo ese lanzando improperios al lado de mi cama. Pasan unos cuantos segundos hasta que empiezo a darme cuenta de lo que sucede y el abogado que duerme en mi y todo el “mi” que duerme se despierta y salgo con una frase del estilo “esto es una invasión en propiedad ajena” y segundos después le grito a Guillaume que llame a la policía y el tipo salta encima mío y cuando menos me doy cuenta tengo un tipo que intenta estrangularme y yo no puedo ni moverme.

Para no alargar el cuento (que ya está bastante largo y completamente alejado de mi indignación con el fisco), el tipo se fue tan rápido como llego. A la mañana siguiente empezó la odisea de ir a la policía, interponer las denuncias respectivas y esperar a que la justicia estatal hiciera su trabajo. La respuesta de la policía fue contundente: “vuelva a llamar si el tipo le vuelve a pegar”.

La justicia no es la misma para todo el mundo. Al hijo del presidente le robaron una moto y dos días después no solo ya habían encontrado la moto sino que además habían tomado muestras de ADN sobre la misma para encontrar y arrestar al culpable, como en efecto lo hicieron. Yo le dí a a la policía el nombre y la dirección de mi agresor y ¿creen ustedes que hicieron algo? Por supuesto que no.

Por eso es que me da rabia pagar impuestos. No es porque sea un facho anti-progresista que esté en contra de la solidaridad y la redistribución de la riqueza.

Epílogo: al perrito lo regalamos. Pusimos un anuncio de esos que dicen “motivo viaje”. Nunca volvimos a contestar el teléfono por miedo a que nos lo devolvieran por “vicio oculto”.

Tuesday, October 7, 2008

Tres vueltas



El domingo pasado fui al hipódromo por primera vez. A las 4:40 de la tarde se corría el Premio "Qatar Arco del Triunfo" que según los conocedores es el premio más importante del mundo. La experiencia fue divertida. El hipódromo parecía un circo en el que se mezclaban alegremente abrigos de piel, sombreros ridículos, copas de champaña, borrachines apostadores , damas de la alta y de la vida, y entre todos, Guillaume y yo, maravillados por el espectáculo, siguiendo el juego y cumpliendo el libreto al pie de la letra.

Una tarde de carreras en el hipódromo es como una tarde de sexo. La carrera termina siendo accesoria. Lo que importa es el preámbulo y todo lo que precede al galope, que en últimas, dura apenas poco más que un orgasmo. Lo bueno es que en una tarde puede haber hasta 8 carreras y en eso si hay una gran diferencia con una tarde de sexo porque difícilmente hay yegua o caballo que aguante 8 galopes en una misma tarde, aunque uno nunca sabe.

En todo caso, lo largo es todo lo que viene antes de esos dos minutos de gloria. La fila para apostar, el análisis de cuánto, cómo y por quién apostar, saber si apostamos al ganador, al trío, al dúo, al figurante, al cojo o al tuerto. El domingo estuve a punto de ganar, de no ser porque "Duque de Mermelada" quedó de quinto y no de tercero como yo había anunciado. La verdad es que no lo culpo, con ese nombre ¿a quién le dan ganas de correr?.

Termino la entrada de esta semana respondiendo a la pregunta que algunos de ustedes se han hecho y que algunos otros me han formulado directamente: ¿Quién es Diana Prince? Pues bien, Diana Prince no es otra que la mujer maravilla. Lo que pasa es que un super-héroe no puede andar por el mundo diciendo “Mucho gusto me llamo Super Man" o “Encantada, soy la Mujer Maravilla” o peor aún “El gusto es mío, soy el Chico Maravilla”. Es por eso que todos tienen una identidad secreta que les permite confundirse con la multitud en el día a día.

Si algún día en una fiesta alguien les dice que se llama Bruno Diaz, tengan la seguridad de que se trata de Batman. Si por el contrario les presentan a Ricardo Tapia, aguanten la risa y sepan que se trata del Chico Maravilla o Robin para los más iniciados. Si algún día ven a Diana Prince, síganla de cerca porque en el momento menos pensado da tres vueltas y se convierte.

Thursday, October 2, 2008

¿Quién es Diana Prince?




Las últimas semanas han estado llenas de pequeños acontecimientos que juntos constituyen aquello que todo el mundo llama “vida”. Del descubrimiento de Meryl Streep cantando las mejores canciones de Abba al “Salon del Vintage”, pasando por los días europeos del patrimonio y por supuesto, por mi primera semana en el gimnasio y culminando con el hecho de haber recibido una carta manuscrita como no recibía desde hace muchos, muchos años.

Vayamos por partes. Las “Journées du Patrimoine” consisten en que durante dos días todos los edificios públicos y privados considerados como patrimonio cultural se abren al público de manera gratuita. Es así como el palacio presidencial, las altas cortes, los ministerios y muchos otros lugares quedan al descubierto.

Yo detesto hacer filas y quien dice “gratis” dice “fila interminable” así es que mis deseos culturales solo alcanzaron para ir a visitar el Palais Royal, sede del Ministerio de Cultura, del Consejo de Estado y del Consejo Constitucional. Después de la dosis de cultura gratuita, nada mejor que terminar el domingo con una pequeña (sobre)dosis de Abba para lo cual lo único que se necesita es imaginar una pequeña isla mediterránea con una altísima concentración de feromonas, añadir las mejores canciones de Abba en la voz de Meryl Streep, secundada por Pierce Brosnan y el resultado es sorprendente: una película kitsh a más no poder y absolutamente deliciosa que cumple con uno de los principales objetivos del cine: divertir, dejando muy claro que el que quiera filosofía que se compre un libro.

Cuando uno va a ver una película como “Mamma Mia”, hay que saber qué es lo que se va a encontrar. Por eso es que antes del comienzo de las películas ponen un anuncio invitando a la gente a que se informe sobre el contenido de la película que están a punto de ver. El anuncio siempre me pareció ridículo aunque debo reconocer que una vez fui a cine a ver una película que se llamaba “Anatomía del Infierno” y que además era protagonizada por Rocco Siffredi. Yo tenía muy claro que aunque la película no estuviera clasificada como triple x, el solo hecho de tener a Rocco como protagonista y “Anatomía del Infierno” como título, era garantía de que la película iba a ser, por así decirlo, “guarra”. Efectivamente, veinte minutos después del inicio de la proyección, la sala estaba completamente vacía. Tal vez todas las personas que abandonaron la sala no sabía quién era Rocco Siffredi y tal vez pensaron que se trataba de una revelación italiana. Conclusión, cuidado con los títulos porque una película que se llame “Mójame toda soy tuya” muy probablemente no tratará la historia de una sirenita domesticada en un estanque y “La Quinceañera y el Caballo” puede resultar traumática para quien espere encontrar una película al estilo de Barbara Streissand.

Volviendo a “Mamma Mia”, debo admitir que hace mucho tiempo no me divertía tanto en cine. Meryl Streep demuestra una vez más que puede hacer lo que le de la gana. Confieso que quedé tarado. Después de cantar Abba durante toda una semana hasta el punto de sorprenderme tarareando “Chiquitita” por los pasillos de la oficina, el fin de semana pasado terminé en el Salón del Vintage. A mi siempre me han gustado los 70s y para demostrarlo, terminé comprando un abrigo de conejo blanco (tal vez todavía estaba bajo los efectos de alguno de los videos de Abba) y una gabardina de cuero. Afortunadamente el salón duró solo dos días porque de seguir así, habría podido cambiar el Audi por el carro de Starsky y Hutch o como mínimo, por el mercedes de Diana Prince.

Después del vintage decidí canalizar mi energía y hoy puedo decir que remplacé la energía que recorría todo mi cuerpo por un dolor que me ha tenido al borde de la invalidez. Todos y cada uno de mis músculos los tengo hechos compota y todo es culpa de Nelson. Con decirles que hasta me duele llevarme el cigarrillo a la boca y ayer estuve a punto de pedir ayuda a mi compañero de oficina para ponerme la chaqueta (desistí por no considerarlo apropiado). Por las noches quisiera poder quitarme los brazos y volvérmelos a poner cuando ya no duelan. Lo único que me motiva es que si sigo juicioso, en seis meses estaré delicioso o posiblemente convertido en un marrano porque desde que empecé a ir al gimnasio como una vaca.

La ola de acontecimientos terminó ayer cuando al llegar a mi casa encontré un sobre en mi buzón que para mi gran sorpresa, no contenía una factura. Era una carta de Milesi, escrita de su puño y letra en agosto de 2008; una hoja que después de dos meses de atravesar el Atlantico a lomo de burra, llegó a mis manos reviviendo la vieja emoción de abrir el sobre y de sentir una proximidad que ningún medio electrónico podrá igualar jamás. Como bien lo escribio Milesi: “Me haces falta Juancito y yo también me cago en Facebook”. Prometo responder de mi puño y letra y con algo de suerte, tal vez mi carta llegue a Buenos Aires antes del fin de año.

Thursday, September 25, 2008

La lengua es el azote del culo


Hace menos de un mes escribí: “no nací para el deporte. Posiblemente algún día me decida a aprender a tocar piano” Pues bien, resulta que no tengo espacio para poner un piano en mi casa y la oficina no proporciona el servicio de profesor de música (lo cual me parece realmente injusto). Sin embargo, lo que si hay en la oficina es un gimnasio, razón por la cual dejando mis prejuicios a un lado, he decidido tragarme mis palabras una a una y aventurarme en el maravilloso mundo del deporte.

El primer paso a seguir fue ir a comprar unos tenis (zapatillas) o de lo contrario me vería obligado a ir al gimnasio con los zapatos dorados que me hacen merecedor de tantos cumplidos cada vez que me los pongo. Comprar tenis ya no es tan fácil como hace unos años. Hoy en día hay un zapato para cada actividad y si uno corre en subida tiene que utilizar un zapato diferente que el que usan los que corren en bajada. Antes de comprar hay que informarse. Es indispensable saber si el zapato es resistente a los choques, si protege la rodilla, el riñón, el hígado y hasta la parte de atrás de la oreja. Lo peor de todo es que el vendedor logra que uno se convenza de que si no compra el zapato adecuado, una inofensiva trotada puede terminar en tragedia. Un zapato que no amortigüe lo suficiente puede provocar la caída de las amígdalas (que me sacaron hace mas de 20 años) o una fuga de Zenobia (léase líquido cenobial) que nos deje las rodillas inservibles. Para evitar riesgos decidí seguir los consejos del vendedor y pagué una pequeña fortuna.

Hoy fue mi primer día de ejercicios. Llegué muy puntual al gimnasio y fui recibido por Nelson. Nelson es el entrenador del gimnasio de la oficina. Me imagino que no tiene más de 25 años, tiene un arete enorme en cada oreja que lo hacen ver como un altar de Corpus Cristi y dos tatuajes enormes en cada brazo. Aparte de eso, tiene la apariencia de ser una persona muy normal. No van a creer que me sentí intimidado por Nelson, ni más faltaba. Solamente me sentí un poco ridículo al constatar que tuvo que explicarme hasta cómo funciona una bicicleta estática. Y como si no fuera suficiente, cuando me instaló en la trotadora, me amarró el gancho de seguridad que hace que la maquina se apague en caso de que uno se caiga, no sin antes decir que “este gancho nadie lo usa, pero… uno nunca sabe”, como si bastara con una pequeña mirada para darse cuenta de que soy una bestia descoordinada. Después me acordé que durante uno de mis intentos fallidos de ir al gimnasio en Bogotá, una vez me caí de una trotadora. Estaba corriendo a muchos kilómetros por hora, quemando yo no se cuantas calorías, con una frecuencia cardiaca de yo no se cuántos megatones y en el momento menos pensado se me ocurrió ponerme a leer una etiqueta que mi camiseta tenía en una de las mangas. El resultado no se hizo esperar y cuando me di cuenta, di un paso en diagonal que terminó con un bote sobre la barandilla de la trotadora y caí como una plasta en la trotadora de al lado que por fortuna estaba vacía y apagada. Regla numero uno: cuando estoy sobre una trotadora no me hablen, no me miren, no me pregunten qué hora es porque de lo contrario puedo empezar a correr en diagonal partirme hasta el alma.

Lo más importante es no olvidar que un gimnasio puede ser un lugar extremadamente peligroso. Además de machucarse con las pesas, caerse de una trotadora, tropezarse con un banco de “step”, están las temibles bolas de Pilates. Una abogada de la oficina que es bastante pequeña y que debe pesar como 30 kilos, casi se fractura el cráneo cuando se cayó de la bola del demonio y paró de cabeza contra una pared. Lo peor de todo es que no había nadie alrededor para reírse o para socorrerla, dependiendo de las calidades morales del testigo.

Afortunadamente hoy no tuve ningún contratiempo y logré sobrevivir a mi primera gesta deportiva en años. Mañana, si es que vuelvo al gimnasio, espero no estrangularme con las pesas y no hacer el ridículo dejándome caer una mancuerna en la cabeza.
Amanecerá y veremos.

Wednesday, September 17, 2008

Insomnio



Ayer fue un día de trabajo duro. Teníamos que mandar la versión final de un memorial de 250 páginas al cliente. Cada vez que hay que mandar un memorial al cliente la noche es larga y por lo general, no salgo de la oficina antes de las cinco de la mañana.

A las ocho de la noche empecé a prepararme psicológicamente para la larga noche que me esperaba y después de llenarme de alitas de pollo grasosas, encontré sobre mi escritorio un tarro de pastillas de cafeína que uno de mis colegas me había regalado hace algunas semanas. Revisé cuidadosamente la etiqueta en la que pude leer: “tan seguras como el café”, “fuerza máxima”, “ayuda reactividad y atención”. De entrada el hecho de que se atrevan a decir que las pastillitas de café son tan seguras como el café me generó una cierta desconfianza pero aún así decidí tomarme una, total, 200 miligramos de cafeína no iban a matarme.

Dos horas después me estaba quedando dormido sobre mi escritorio y decidí tomarme otra pastillita inofensiva. Desafortunadamente y contrariamente a lo que siempre sucede, a eso de la media noche mi jefe entró a mi oficina a decirme que todo estaba bajo control y que podía irme a dormir. No lo pensé dos veces y en menos de cinco minutos ya estaba en mi moto camino casa y muriéndome de sueño. No exagero si digo que casi me quedo dormido en el ascensor y que me costó un trabajo enorme llegar hasta mi cama.

Puse la cabeza en la almohada y Oh sorpresa! las pastillas de mierda hicieron su efecto. Di vueltas en vano durante veinte minutos, cerré los ojos, los volví a abrir, di más vueltas y hasta me puse un antifaz para dormir de esos que dan en los aviones y que lo hacen ver a uno como una diva decadente. Veinte minutos después seguía dando vueltas y moviendo los pies compulsivamente como si bailara un Jarabe Tapatío.

Al cabo de cinco minutos empezó la taquicardia y fue entonces cuando decidí que era el momento de aplicar las técnicas para atraer el sueño de la adolescencia. Empecé entonces a pensar cochinadas. Lo siento por mi sacrosanta madrecita que seguramente estará leyendo estas líneas, pero a veces es fácil encontrar el sueño después de haber pensado unas cuantas cochinadas y de haber recreado en la mente escenas tórridas en lugares paradisíacos. Después de varios intentos de montar la fantasía perfecta que pudiera llevarme a brazos de Morfeo, pude constatar que las pastillas habían acabado con lo poco de líbido que puede quedar después de haber trabajado 14 horas seguidas.

En ese momento decidí poner en obra el plan “B”: a veces, cuando no me puedo dormir me pongo a pensar en mi entierro. Como es obvio, después de unos minutos me pongo tristísimo y termino durmiéndome sin siquiera darme cuenta. Tampoco funcionó. Cuando empecé a pensar en el velorio lo único que me vino a la mente fue: “eso me pasa por pendejo y haberme tomado esas pastillas de café”.

Conclusión: dormí poco y mal, detestando al que me dio las pastillas y pensando que la próxima vez por lo menos me tomaré el trabajo de leer los efectos secundarios que, en efecto, pueden resumirse en insomnio, taquicardia, nerviosismo e irritabilidad.