Friday, September 5, 2008

Nunca seré un ma-can-can


Para nadie es un secreto que nunca he sido deportista. Cuando empecé a estudiar derecho creí haber encontrado la excusa perfecta para no hacer deporte. Me creí el cuento de que mi obligación era cultivar la mente y cambié los gimnasios por las bibliotecas. Debo admitir que nunca fui a un gimnasio durante más de tres semanas seguidas y tampoco a la biblioteca.

El argumento de ser un deportista de la mente funcionó perfectamente durante años. Ninguno de mis compañeros de universidad fue nunca deportista y lo máximo que alguna vez hicieron (y sin mayor constancia) fue jugar al golf. Sin embargo, desde que empecé a trabajar en Paris me di cuenta de que mi excusa antideportiva no es más que una vulgar falacia.

Entre mis colegas tengo un campeón nacional de surf australiano becado en varias universidades. Cuando lo supe, me consolé diciendo (lleno de envidia por supuesto) que si lo habían becado era por deportista y no por ser una lumbrera del derecho. También hay un patinador que fue dos veces campeón nacional en Estados Unidos y cuyas proezas pueden verificarse en you tube y hasta en Wikipedia. Otra abogada corrió la maratón de Londres y otro es un asiduo triatleta. También está el que en las vacaciones de navidad escaló el Kilimanjaro y después pasó dos meses durmiendo en una carpa diminuta en la sala de su casa para prepararse para la escalada del Everest.

Vamos por orden: los patines me han dejado varias cicatrices en las rodillas. El basket me dejó una fractura. La natación me producía una otitis insoportable. Todos los deportes que involucran bolas, balones y que requieren de un mínimo de coordinación lo único que me han aportado es la sensación de hacer el ridículo. El yoyo casi me parte la nariz y un día casi me saco un ojo con un trompo, corriendo el riesgo de quedar como Catalina Creel. La última vez que me inscribí en un gimnasio con la esperanza de ganar masa muscular, perdí unos cuantos kilos y hasta me encogí tres centímetros. Escalar el Everest… imposible… sufro de vértigo hasta montado en una silla.

Conclusión: no nací para el deporte. Posiblemente algún día me decida a aprender a tocar piano.

1 comment:

Lina Céspedes said...

Mi vida, mi pasión por el golf era más seria de lo que creías. ¿No te acuerdas el dilema que me imponía la cita en el tee del hoyo 1 los domingos en la mañana? Más de una fiesta la terminé con malos golpes en esos 18 hoyos que, con la resaca, parecían 36. En cambio, tú y él, afortunados, no tenían que someterse al otro día a semejante tortura en nombre del deporte.