Thursday, July 17, 2008

¿Me repite la pregunta?



Leyendo la última entrada de “Un verano en Nueva York” no pude evitar caer en las comparaciones. Qué diferente que es la gente en Nueva York de la gente de Paris. Acá nadie hace el menor esfuerzo por entender a nadie. Si uno no habla un francés fácilmente comprensible, es mejor no aventurarse en intentos de comunicación que lo único que dejan son amarguras.

Antes de venir a Paris había tomado algunas clases de francés en la Alianza Francesa con una profesora bien colombiana, que es diferente de colombiana bien, y que en lo poco que aprendí, alcanzó a contaminarme con defectos de pronunciación de los que me tomó años deshacerme. Ni las horas en la Alianza, ni el padre nuestro y el ave maría en francés que me habían enseñado en el colegio del Opus Dei, ni el amor que siempre tuve por la lengua de Molière, sirvieron para que fuera capaz de defenderme. Lo triste es que yo no conocía la dimensión exacta de mi incapacidad y cuando desembarqué en Charles de Gaulle, estaba absolutamente convencido de que podría comunicarme con facilidad, sintiéndome depositario de los rudimentos básicos para la supervivencia.

Amarga fue mi sorpresa al darme cuenta de que no era capaz de comprar ni siquiera un pan francés. Y es que comprar el pan en Francia es todo un ritual. Siempre me ponía en la fila y esperaba mi turno con la misma angustia con la que esperaba el turno el día del examen médico del ejercito en el que a uno le agarran las pelotas para ver si es apto para servir a la patria. Y es que la fila de la panadería me llevaba casi a la misma situación. Era casi seguro que la vendedora también me iba a agarrar de las pelotas! Cuando llegaba mi turno, mil preguntas comenzaban a desfilar por mi cabeza: ¿es un baguette o une baguette? ¿pronuncio bagué o baguet? Mi profesora de la Alianza me dijo que las últimas letras no se pronuncian….. Después de unos segundos me lanzo al agua, pido pronunciando la “t” y veo que no me equivoco. La vendedora desgraciada, viendo mi cara de alivio, decide acabar con mi tranquilidad y me pregunta si mi baguette la quiero “traditionnelle ou de campagne” y mis esfuerzos se van al carajo y mi cara de satisfacción da paso a una mueca de espanto. Pasan varios segundos y la gente en la fila comienza a impacientarse y yo lo único que puedo decir es “oui” y la malvada vendedora me clava aún más hondo el puñal y pregunta “oui quoi?” y yo completamente perdido no tengo más opción que dar media vuelta y salir con el rabo entre las patas.

La experiencia se repite también en los mostradores de los restaurantes de comida rápida. Después de ensayar el pedido, de calcular todas las posibles preguntas y de memorizar todas las posibles respuestas, llega siempre la pregunta que uno no entiende y a la que responder con un “oui” es el colmo de la estupidez. Creí que yendo a Mc Donalds no tomaba ningún riesgo. Una Big Mac es lo mismo en español, en inglés o en francés. Las papas fritas acá se llaman “frites” (se pronuncia frit, así sean muchas, muchas papas) y para pedir la coca-cola basta con decir cocá y todo el mundo contento. Sin embargo, cuando ya creía estar del otro lado, viene la pregunta del millón: “Sur place ou à emporter?” que en ese momento llega a mis oídos con la misma claridad con la que llegan los anuncios a través de los altavoces de un aeropuerto tercermundista y yo otra vez respondo “oui” y otra vez me pregunta “oui quoi?” y otra vez me voy con el rabo entre las patas y decido alimentarme exclusivamente con productos de supermercado, disponibles al alcance de mi mano y que puedo pagar simplemente viendo el valor que aparece en la caja registradora.

Definitivamente no, los parisinos no son como los neoyorquinos

No comments: